Imagina una escuela infantil cuyo espacio principal sea la naturaleza, donde los materiales didácticos son ramas caídas y la currícula es el despligue de la vida silvestre. Diana, Diego y Jara, la familia viajera y activista de Reevo, visitó las escuelas bosque en Alemania en su recorrido en bicicleta por escuelas de Europa.

Fui a los bosques porque quería vivir con plena intencionalidad, afrontar sólo lo más esencial de la vida y comprobar si podía aprender lo que ésta había de enseñarme, para no descubrir, en el momento de mi muerte, que no había vivido.
Henry David Thoreau, Walden o la vida en los bosques (1854)

Fuimos a los bosques de Friburgo porque queríamos conocer las Waldkindergartens, esas escuelas donde niñas y niños de entre tres y seis años pasan cada día al aire libre, corriendo, revolcándose, trepando a los árboles, jugando con las ramas y las hojas, metiéndose en el barro hasta las rodillas, y descubriendo todas las manifestaciones de vida por minúsculas que sean.

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NIños jugando con ramas de un arbol. Fuente: http://www.waldkindergarten-wiehre.de/

En las Waldkindergartens no hay juguetes, no hay pupitres, ni pizarras, ni deberes. “Sólo” hay aire puro, espacio para perder la mirada en el horizonte, tierra, rocas, plantas y animales, lluvia, viento, silencio. En realidad, a esta edad, no hay mejor clase de matemáticas que llenarse las manos de tierra, ni mejor aprendizaje que disfrutar de las cosas más sencillas.

Alguien se preguntará: ¿Cómo que los chavales pasan el día al aire libre? ¿Y si llueve o hace frío? ¿Y si se ensucian o se caen de un árbol? ¿Y no tienen ni siquiera un retrete…? Esas precisamente fueron las inquietudes de José Manuel, el padre sanluqueño de dos mellizas que conocimos en nuestra visita al Waldkindergarten que dirige Simone Maier-Ruppe, fundado en 1996. Tras superar su escepticismo inicial y, como él mismo dice, “desprovincianizarse”, Jose se ha convertido en un forofo de las Waldkindergartens y lamenta que en España este tipo de “guarderías” sean casi completamente desconocidas (cuando sólo en Friburgo existen unas diez, y más de 700 en toda Alemania). Para convertirse, a él le bastó con ver que es en plena naturaleza donde sus hijas mellizas han sido más felices.

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Merienda colectiva en el bosque. Fuente: http://www.waldkindergarten-wiehre.de/

En el Waldkindergarten Wiehre, otra escuela en el bosque fundada en 2009 por Wolfgang Schmidt, los niños y niñas caminan hasta llegar a un claro del bosque donde se encuentra una cabaña (que sólo se usa para tomar el desayuno cuando las inclemencias del tiempo lo aconsejan). En el camino aprenden, entre otras cosas, qué plantas son comestibles y cuáles son sus propiedades, pero también que no deben llevarse nada a casa para que el impacto de su paso por el bosque sea mínimo. Oliver, otro padre que acompaña a su hijo en sus primeros días en el Waldkindergarten Wiehre, nos cuenta cómo su familia siempre ha estado en contacto con la naturaleza, que para él es imprescindible para que un niño se desarrolle plenamente.

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Aprendiendo a cocinar en el bosque. Fuente: http://www.waldkindergarten-wiehre.de/

En los dos Waldkindergartens que visitamos existen rituales que se repiten cada día, como formar un círculo para presentarse, para cantar y bailar juntos, o para desayunar sentados. Pero el núcleo de la actividad de las niñas y niños es siempre el juego libre, en el que pueden explorar, crear y moverse según les pida el cuerpo. Los adultos están cerca, pero no guían el juego. Tampoco hay juguetes comerciales, a lo sumo un cubo y una pala. Porque en la naturaleza, donde la creatividad de cada niño tiene libertad para volar, todo puede convertirse en un juguete, y cada piedra, hoja o palito puede adquirir infinitas formas imaginarias.

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Fuente: http://www.waldkindergarten-wiehre.de/

Viendo a unas niñas subidas a la copa de un árbol, o a un grupo de niños rodando ladera abajo, se entiende que esta pedagogía fomente el equilibrio y las habilidades psicomotrices, la creatividad y la autonomía (especialmente en el caso de las niñas, según un estudio llevado a cabo por Peter Häfner para la Universidad de Heidelberg), pero hay algo tan importante o más que eso: Jose y Oliver nos señalan que lo que más han observado en las escuelas del bosque es la capacidad de los niños para colaborar entre sí y para relacionarse desde muy pequeños, algo que confirman otros estudios incluso con adolescentes y adultos: la naturaleza nos hace más cooperativos.

En los dos días que hemos compartido con estas escuelas del bosque, lo que más nos ha impresionado es la vitalidad serena de las niñas y niños, su risa, su curiosidad, y la ausencia de crispación. Jose nos cuenta que sus hijas no faltarían al Waldkindergarten por nada del mundo. Quizás sea porque allí pueden vivir cada momento con plena intencionalidad, y descubrir lo realmente esencial de la vida.

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Seguimos viaje.