El comunicador social y entusiasta André Gravata acompaña a un grupo de niños de 5 y 6 años que ocuparon las calles de San Pablo demandando la ciudad como espacio de aprendizaje. A través de este relato, André nos invita a hacer lo mismo, resistir a las barreras y crear nuevos caminos.

Las personas salían de las tiendas para ver el acontecimiento.

– Piriri! Piriri! Obá! ! Mira quien viene allá! Mira!

La algarabía se esparcía por oídos de concreto.

- Piriri, piriri, obá!

En las ventanas de los autos, los curiosos estiraban el cuello. La Policía observaba la marcha con atención. El encargado de la tienda de zapatos se asomó a la puerta con el ceño fruncido en señal de interrogación. Una mujer llamó la atención de una amiga para que también mirara la escena.

– Por donde pasa, mira! Estremece la tierra, mira! – Gritaban los marchantes.

“Las calles ya no sólo nos conducen a lugares, ellas mismas son lugares” John Brinckerhoff Jackson

A pesar de ser discreta, la marcha llamó la atención. Sin megáfonos, sin pancartas, sin carteles. No se trataba de una manifestación común. No éramos los “Pañales pintados”, no era la izquierda, no era la derecha. ¿Quiénes eran entonces los que conformaban la marcha?. Veintiún niños de 5 y 6 años y tres educadores. Este grupo marchaba para exigir más parques, más plazas, y una ciudad que tuviera más en cuenta a los niños, ofreciéndoles el cariño necesario.

Pedían que las personas se miraran a los ojos unas con otras. exigían que nadie se olvidara de jugar. Clamaban el retorno de la poesía en los diálogos y las relaciones. Pedían que los adultos voltearan a mirar el mundo alrededor, siempre lleno de colores.

Los niños no gritaban frases políticas ni cargaban carteles para exigir tales demandas. Su acto decía más que cualquier palabra o pancarta, demandaba el sueño mientras lo realizaban. Se trataba de un acto de ocupación creativa de la ciudad, de jugarreta en caminata marchando al paso del baile y la alegría desde la escuela municipal de enseñanza infantil Gabriel Prestes, hasta llegar al destino final: una biblioteca.

En el trayecto andamos al ritmo de los cantos de “piriri, obá!”. En esos pocos metros, sentimos que el entorno cambiaba y las personas alrededor, de repente habían quebrado sus resistencias para sonreír con la boca abierta de par en par. Los niños que caminaban también sonreían y algunos se sumaban a la movida, ocupando con su alegría las calles del centro de São Paulo. Entre niños y docentes se tomaron el riesgo de vencer sus miedo y decidieron salir a la calle.

Al final del día, una de las profesoras que estuvo en la caminata dijo: “¡La ciudad escuchó las voces de la infancia y sus discursos!” Otra educadora comentó: “Sentí la misma emoción que cuando llevamos los niños de mi escuela, a pie, hasta el predio de Banespa. Las personas sonreían y veían a los niños en la calle, me sentí humanizando la ciudad”. Esto hizo que pensara realmente hasta dónde somos nosotros los que enseñamos a los niños.
¿Lo que tenemos que aprender con ellos no es más importante que lo que ellos tienen que aprender con nosotros?”.

Estimular que los niños y jóvenes ocupen el territorio es una acto educativo, político de salud y cuidado.

Estimular que los niños y jóvenes ocupen el territorio es una acto educativo, político de salud y cuidado.

Resistir y crear

En una ciudad donde la gente carece de prácticas altruistas ¿cómo provocamos un cambio en la relación entre las personas? Además, ¿cómo podemos convertir las calles en espacios de cambio?. El escritor John Brinckerhoff Jackson decía: “Las calles ya no sólo comunican, ellas mismas son lugares”. Por ello es de carácter urgente estimular a los niños y jóvenes para que puedan ocupar el territorio de manera creativa, generando contactos genuinos, con acciones políticas y educativas.

¿Qué piensas si el aprendizaje informal que se vive en los espacios de las ciudades fuera más y más descubierto? ¿Cuántas personas no aceptarían compartir sus historias, enseñar lo que saben? ¿Te imaginas donde pudieses reconocerte como un educador de las calles? Podemos crear un nuevo imaginario sobre lo que es la educación, percibiendo la educación que se intercambia por la ciudad como un símbolo diferente de los otros que se perpetúan hasta ahora. Es una raíz que va más hondo y encuentra otras raíces, en esa línea profunda. Educación es el cuidado con uno mismo, con el otro y el ambiente.

¿Lo que tenemos que aprender con ellos no es más importante que lo que ellos tienen que aprender con nosotros?”

Siempre que analizo la urgencia por los cambios en la educación me acuerdo de la propuesta de Gandhi sobre las causas de su época. A pesar de haber sido discriminado. Él sentía fuertemente que no daba más aceptar que una persona fuera menospreciada por su origen y color o nacionalidad. Y ese sentimiento de piel que él sentía, “No da más”, esa necesidad de no cooperar con la situación sino de resistirse a ella, se repite cuando Gandhi se entera de que los indios importaban sal de Inglaterra. Por eso se resistió a cooperar y sacar sal directamente de la India.
Sintiendo que no da más para colaborar con ese tipo de situaciones, Gandhi estimula la no cooperación, la desobediencia creativa, y lidera la Marcha de la sal, en la que miles de personas fueron hasta el litoral del Océano Índico para buscar la sal directo de la fuente. Esa urgencia en la mirada regresa cuando Gandhi se enfrenta a quienes burlaban los derechos de los indios, haciéndoles pagar impuestos absurdos. No da más. No da más.

Y en esa línea de pensamiento, ¿cuál será es el “No da más” en relación con la educación que recibimos?

No da más para que sigamos creyendo que es normal que un alumno pase doce años en la escuela sin aprender a leer. No da más para que le preguntemos a los jóvenes de 17 años si ellos tienen un sueño y escuchemos  que la aspiración es repetir las carreras que hoy otros tantos siguen, rumbo a océanos de infelicidad, sin que hayan reflexionado mínimamente sobre quiénes son y cómo pueden pulir su singularidad.
No da más para esperar llegar a las escuelas, quedar impresionados con el número de profesores de licencia, muchos con depresión, y pensar que un sistema que deja la mente y el cuerpo de las personas domado, mutilado y dolorido, debe ser reabierto con la misma destreza cotidiana.
No da más para que creamos que la violencia es un camino a seguir -lo que hacemos hoy los niños, jóvenes y profesores, es violencia. Violentamos sueños que ni llegan a ser soñados. Y cada vez creo más que sólo cuando nos apropiamos del ambiente a nuestro alrededor con énfasis, creatividad y generosidad, es que dejaremos espacio para que emerja un abordaje de aprendizaje fuerte y suficiente para transformar la educación a gran escala.

Recientemente una amiga compartió en Facebook una imagen con un chiste que ironiza nuestras relaciones rotas, decía así: “Me quedé sin Internet un día y descubrí que tenía personas aquí en casa, hasta me senté con ellas a la mesa, creo que son mi familia”. Y bueno, es así, sucede con nuestro entorno, imaginen la situación: “Un día tropecé con una piedra en la calle y descubrí que tenía personas caminando a mi lado, hasta paré a una de ellas para preguntarle quién era, creo que también es un ser humano como yo”. Si no cultivamos lazos fuertes con la ciudad y las personas, aceleraremos el proceso de deshumanización y nos convertiremos en máquinas sin sueños. En la obra “El rinoceronte”, del franco-romano Eugène Ionesco, hay una epidemia de “rinoceritis” y en la ciudad todas las personas se están haciendo rinocerontes en cadena. Sin embargo un hombre logra resistirse a lo que hace la masa para elegir el rumbo de tu vida. Resistir y crear, esa es la opción del cambio.

Ilustración de Francesco Tonucci, 2002.

Ilustración de Francesco Tonucci, 2002.

Resistir y crear: dos movimientos urgentes

Para continuar la reflexión con acción tú también podrías hacer parte del cambio. Si vives en en São Paulo, participa del encuentro que estoy organizando para el día 3 de agosto: http://cinese.me/encontros/deriva-sobre-educacao donde pondremos en discusión ¿Qué propuestas puede un educador poner en práctica para incluir la ciudad como territorio a ser explorado? ¿Qué sería un educador de las calles? ¿Es posible aprender caminando, observando, perdiéndose en la ciudad?

Si no estás en Sao Paulo y quieres hacer parte del cambio, te invito a que convoques encuentros para debatir sobre estas temáticas.

Resistir y crear.

Piriri, piriri, obá!

Este artículo es una traduccion del original publicado en: http://portal.aprendiz.uol.com.br/2014/07/14/como-mudar-a-educacao-na-raiz/

Traducido del portugués por Beatriz Vásquez Gómez